lunes, 31 de agosto de 2009

El Río Fucha



El día que se tomaron estas fotos, abril siete de dos mil nueve, acababa de pasar un episodio fuerte de inundación en el occidente de la ciudad, por las aguas de este inofensivo río, que en sus orígenes orientales parece fuerte, pero apacible.
Por estos paisajes discurrió el agua y las historias de una Bogotá de origen humilde. Presta a hornear ladrillo tanto, como a precaver la suerte de sus ciegos. Las fotos recorren las torres de horneado y las casas modestas, hechas con los ladrillos de esas arcillas que fabricaba una familia inglesa, que fue emblemática en el negocio: los Moore.
En la Fundación Mítica de Buenos Aires, Borges hablara de una sueñera y de barro; queriendo significar que todo lo relacionado con los orígenes de lo urbano, está empapado de esa atmosfera de sueño y de barro elemental. Es un mito, una palabra concluyente, final.
Dice la leyenda que los ciegos son buenos vendedores de lotería, pues están más cerca del azar que aquel que tiene los ojos para ver y prever. Ernesto Sábato elabora un largo Informe sobre Ciegos que es recordado como un texto también emblemático de Buenos Aires. Compuesta por ese ambiente de sueño, la ciudad es de los ciegos, de los ríos y de los primeros ladrillos.
¿Cómo crece y se expande una ciudad? Esa pregunta que no tiene respuesta segura o univoca, está abierta a múltiples posibilidades de conclusión. El desarrollo capitalista, las manos de los albañiles venidos de Boyacá, la paciencia de los Muiscas, la audacia de los conquistadores, el papel del ladrillo, el homenaje que a este pan de arcilla hizo el maestro Salmona, entre otros,.
Pero lo cierto es que caminando por San Cristóbal Sur, el barrio cuyo nombre es el del portador de Cristo, Cristo foros, y el de Colón y en general, del que atraviesa los ríos con un niño en los hombros; recorriendo pues, ese barrio a pie, se fueron encontrando estas imágenes.
Ante el panorama de las fotos embellecidas por un relato compartido de ciudad turística o neoliberal globalizada, el factor esencialmente humano de los habitantes, los soñadores, se trasforma en la de los ciegos que sin querer somos y continuamos siendo.
Antes y después de la ceguera colectiva estuvieron las riberas del Fucha. Las entrañas amenazantes de un río que puede todavía, intimidar la ciudad con sus torrentes impetuosos y su capacidad de no pedirle permiso a nadie.
Rodeado por las casamatas del Ejército y por múltiples barrios de la pobrería, el Fucha baja y se mueve atravesando toda la ciudad. Todo el sistema hídrico de la ciudad tiene un primer rector en el Fucha. Se enreda con otros afluentes y marca bien claro el mundo del oriente original y del occidente construido. Por ese mismo recorrido, habría que intentar un desciframiento urbano.
Laches, Teguas, palabras de pueblos aborígenes que le dan nombre a barrios y actividades de una Bogotá, que ya no cabe en sí misma. Hubo baños públicos, lavaderos colectivos, aguas lustrales donde se bañaban las ropas y las personas.
Estas son unas palabras sobre la importancia del río Fucha.

Donde Chapinero se vuelve Rosales





¿Qué nos cuenta una calle? Una calle es para la etnografía urbana, para el Viaje a pie de Fernando Gonzales o los Pasos siempre últimos de la novela de Manuel Hernández. Nacidos entre sus muros sin habérselo preguntado, los muchachos ensayan sus grafittis, a la manera de unos flanêurs parisinos.
Una calle es un cosmos. Una calle quiere ser leída, quiere compartir sus secretos. Pero, ¿de qué secretos nos puede hablar una calle tan modesta y desapercibida como la calle 66 con carrera 5ª? Esa es la cuestión. Tras los pasos sugeridos por un amigo, encontré el dibujo de un burro, una ametralladora y un niño palestino. ¿Qué quién me dijo que el niño era palestino? Pues el burro. ¿Quién firma ese extraño grafitti? ¿Qué quiere decir esa firma? ¿Y las otras? ¿Qué nos comunican?
Las dos respetables casas inglesas, cada una con su solución habitacional. La una más acicalada con apartamentos sacados de los segundos niveles, prestos para garantizar unos ingresos extra. La otra, más descuidada, seguramente unifamiliar, con sus marcos de puertas y ventanas en madera.
Después, caer en cuenta de la expansión de la ciudad. Darse cuenta de las enormes instalaciones del Colegio de las Betlemitas. Su Auditorio en ladrillo cocido. Los edificios vecinos de cinco o seis pisos para vivir en condiciones competentes. Las otras casas. Las puertas de los dos garajes, que no se usan hace años. Y los jóvenes ni tan adaptados ni tan delincuentes, protestando, contándonos sus cuidados, las palabras en ingles para advertir Dont kill the beat.
Pero no puede faltar el vivero y la casa para las soluciones finas, y la tienda que provee a unos obreros a la hora del almuerzo. ¿Qué cantidad de signos se ven en un pequeño cosmos? Un tratado verdadero de semiótica urbana.
No ha llegado el ímpetu urbanizador de meterse a los cerros para crear el barrio de la élite, Rosales verdaderamente. No es Chapinero, con sus comercios de cualquier cosa y sus fragmentos de un pequeño esplendor de los años veinte.
En la mitad de todo y de nada está la calle 66 con carrera 5ª. Condensación de grafittis irrepetibles y de muestra de diversas arquitecturas. Como un libro lleno de escritura propia, está sola y se abre a quien quiera leerla.
Pronto, ante el arrogante turismo de lo monumental, vendrá el turismo de lo humilde, de lo casi olvidado, de lo casi. Allí estará esperándonos esa calle.

viernes, 21 de agosto de 2009

Vivir el barrio, vivir la ciudad, vivir...

Vivir el barrio es un espacio para todos aquellos que respiran su territorio: los que leen y escriben en sus muros, para los que parchan en las esquinas, andenes, canchas y chusos con rockola, para aquellos que son personajes de su cuadra, para aquellos que quieren expresar desigualdades, formas, colores y sonidos que los identifican, para aquellos que quieren comunicar de otra forma, y finalmente, para todos aquellos que, desde la diferencia, comprenden y viven su barrio, la ciudad.
Vivir la ciudad significa caminarla, leerla, escucharla y sentirla. Vivir el barrio es un blog dedicado a plasmar aquellos relatos que configuran la realidad de cada territorio barrial. Estos relatos son construidos desde las dinámicas de vivir el lugar y la urbe. El lugar comprendido como el espacio que es prácticado, y donde sus elementos están en movimiento y configuran la ciudad.
Los relatos barriales llegan hasta las calles y fluyen en redes, de persona a persona, como un acto de identidad, apropiación de un espacio y resistencia, en la construcción de la narrativa urbana. Estos relatos vienen de los jóvenes, adultos, mujeres, hombres, niños y de todos, desde el origen hasta la apropiación y modificación.