
El día que se tomaron estas fotos, abril siete de dos mil nueve, acababa de pasar un episodio fuerte de inundación en el occidente de la ciudad, por las aguas de este inofensivo río, que en sus orígenes orientales parece fuerte, pero apacible.
Por estos paisajes discurrió el agua y las historias de una Bogotá de origen humilde. Presta a hornear ladrillo tanto, como a precaver la suerte de sus ciegos. Las fotos recorren las torres de horneado y las casas modestas, hechas con los ladrillos de esas arcillas que fabricaba una familia inglesa, que fue emblemática en el negocio: los Moore.
En la Fundación Mítica de Buenos Aires, Borges hablara de una sueñera y de barro; queriendo significar que todo lo relacionado con los orígenes de lo urbano, está empapado de esa atmosfera de sueño y de barro elemental. Es un mito, una palabra concluyente, final.
Dice la leyenda que los ciegos son buenos vendedores de lotería, pues están más cerca del azar que aquel que tiene los ojos para ver y prever. Ernesto Sábato elabora un largo Informe sobre Ciegos que es recordado como un texto también emblemático de Buenos Aires. Compuesta por ese ambiente de sueño, la ciudad es de los ciegos, de los ríos y de los primeros ladrillos.
¿Cómo crece y se expande una ciudad? Esa pregunta que no tiene respuesta segura o univoca, está abierta a múltiples posibilidades de conclusión. El desarrollo capitalista, las manos de los albañiles venidos de Boyacá, la paciencia de los Muiscas, la audacia de los conquistadores, el papel del ladrillo, el homenaje que a este pan de arcilla hizo el maestro Salmona, entre otros,.
Pero lo cierto es que caminando por San Cristóbal Sur, el barrio cuyo nombre es el del portador de Cristo, Cristo foros, y el de Colón y en general, del que atraviesa los ríos con un niño en los hombros; recorriendo pues, ese barrio a pie, se fueron encontrando estas imágenes.
Ante el panorama de las fotos embellecidas por un relato compartido de ciudad turística o neoliberal globalizada, el factor esencialmente humano de los habitantes, los soñadores, se trasforma en la de los ciegos que sin querer somos y continuamos siendo.
Antes y después de la ceguera colectiva estuvieron las riberas del Fucha. Las entrañas amenazantes de un río que puede todavía, intimidar la ciudad con sus torrentes impetuosos y su capacidad de no pedirle permiso a nadie.
Rodeado por las casamatas del Ejército y por múltiples barrios de la pobrería, el Fucha baja y se mueve atravesando toda la ciudad. Todo el sistema hídrico de la ciudad tiene un primer rector en el Fucha. Se enreda con otros afluentes y marca bien claro el mundo del oriente original y del occidente construido. Por ese mismo recorrido, habría que intentar un desciframiento urbano.
Laches, Teguas, palabras de pueblos aborígenes que le dan nombre a barrios y actividades de una Bogotá, que ya no cabe en sí misma. Hubo baños públicos, lavaderos colectivos, aguas lustrales donde se bañaban las ropas y las personas.
Estas son unas palabras sobre la importancia del río Fucha.

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