La esperanza son los indígenas
Ingrid Carolina Serrate Caldera
En alguna oportunidad para una izada de bandera en mi colegio, escribí que si había esperanza de paz para el país, esa esperanza estaba, en gran parte, en los pueblos indígenas. Ya transcurridos unos años, no pienso diferente.
Existen muchas realidades que dependiendo del clima se alejan, se acercan, se esconden, nos pasan por el lado derecho y a veces, por el izquierdo y que, si uno es afortunado o desafortunado, según cómo piense la persona, se nos puede aparecer de frente, cara a cara, en carne y hueso y hasta con cédula de ciudadanía: República de Colombia.
No será suficiente caminar por la calle 10ª en pleno centro de Bogotá, un día cualquiera, y ver la condición a la que están reducidas las familias indígenas Emberá Katio y Chamí en los andenes, pidiendo monedas y comida, o en una casa, en condiciones de hacinamiento en el barrio San Bernardo, para imaginar esa otra realidad, como cuando leemos un hermoso cuento de hadas y duendes.
Gustavo Ulcué es esa realidad de rostro y carácter apacible, de compromiso y resistencia con la vida y la unidad de su pueblo, el pueblo Nasa del Norte del Cauca, en Colombia. Gustavo habla con un sentido común tan natural, que en estos tiempos y en estos lugares no es tan común: “la resistencia indígena es defender lo nuestro, es proteger la vida”.
Mientras las tasas de café que están frente a nosotros se van enfriando, en esa resignación de no ser consumidas como es debido: calientes, de la vida de Gustavo va saliendo, en una procesión de palabra tras palabra, la realidad de las comunidades indígenas del país y de su lucha por la unidad y el respeto a la Madre Tierra y a la Vida.
“Queremos una educación acorde a la nuestra, una salud acorde a la nuestra, una economía donde podemos convivir con la Madre Tierra sin explotarla, porque somos seres que vivimos de la Madre Tierra. Tenemos que aprender que la tierra no es una mercancía, que no es una materia prima que podemos convertir en acumulación. La madre tierra es vida.
Queremos que muchas más generaciones puedan gozar de lo que gozamos actualmente, es nuestro compromiso, no sólo de los indígenas sino de todos. A todo esto nosotros le llamamos Plan de Vida. Es un plan para vivir dignamente, esto nos motiva a todos los indígenas a resistir, como lo hacemos desde la organización y la comunicación. Una comunidad informada logra que el pueblo del Cauca se movilice contra ese Plan de Muerte.
Los indígenas no tenemos una receta de cómo se arma una organización, es algo que se a hecho desde nuestros abuelos, nuestros padres y ahora nosotros; es algo que hemos hecho siempre por generaciones. Es algo que no se necesita aprenderse en la academia, se da desde el corazón y el espíritu y así podemos tomar mejores decisiones para nuestra vida”.
Gustavo evoca dos hechos que marcaron su vida: “la Masacre en la Hacienda del Nilo en el Municipio de Caloto Cauca, el 16 de diciembre de 1991, donde comunidades indígenas Nasa estaban recuperando territorios y la Fuerza Pública en alianza con grupos paramilitares asesinaron a veinte compañeros nuestros. Con base a esa masacre hay muchos policías y militares condenados, pero los procesos de reparación hasta hoy no se han cumplido. En el 2001 ocurre la masacre del Naya, en el Norte del Cauca, donde los paramilitares asesinan, por lo menos, a más de 100 personas. Hasta el sol de hoy sólo se han podido encontrar algunos cuerpos, el reto siguen desaparecidos y muchos de los familiares tuvieron que desplazase”.
Todas las comunidades indígenas del país han sufrido algún tipo de agresión, ya sea armada, ideológica, económica y/o política. El pueblo del Cauca junto a otros indígenas de Colombia se ha organizado para resistir a los continuos ataques e intimidaciones, de los cuales son blancos por adoptar una posición propia.
Mientras logramos sobrevivir a la caótica reunión de los pitos de buses y carros del trancón que se ha formado en la calle 19 con carrera 5ª, que no deja oírnos los unos con los otros sin tener que alzar la voz, decido apagar mi grabadora y mientras Gustavo, un poco menos tensionado y más fraterno, me cuenta su nostalgia por el reguardo y su familia y de su compromiso con la resistencia indígena: “mi compromiso con la resistencia, primero, porque soy Nasa y he vivido mi territorio, junto al contexto de agresión, pero también de vivencias en mi comunidad y de aprendizaje. La vida en nuestras comunidades es muy diferente a la vida aquí afuera. Yo tengo un compromiso, por mí mismo proceso de formación. Por eso juntos respondemos y construíamos propuestas independientes de todo esto.
Por eso nos fortalecemos y nos protegemos con la comunicación, como lo demuestra el Tejido de Comunicaciones que es el intercambio de saberes, conocimientos, palabras. Nosotros tenemos un dicho muy fuerte que dice: caminar la palabra. El Caminar la palabra es expresarnos desde el corazón, de denunciar y acompañar, de criticar y proponer, de hablar de lo malo, pero también de lo bueno; hablar de lo que nos duele pero también de lo que nos gusta. La palabra que se vuelve acción. Pues la palabra sin acción es vacía. La comunicación se encamina en la búsqueda de una unión y unificación de las comunidades, en la medida que nos comunicamos desde las diferencias, dolor, dificultades y proponemos, estamos generando un proceso de comunicación dinámico y popular.
El Tejido de Comunicación es como cuando una madre está tejiendo una mochila, eso es el tejido de comunicaciones: tejer saberes y conocimientos, con medios propios”.
El ruido externo no cesa y se convierte finalmente en una mole molesta, pero fácilmente asimilable para los que están en este café, con las excepción de Gustavo y yo, que decidimos salir porque la molestias es insoportable, caminamos por la carrera 5ª hacía el sur mientras retomamos el rumbo de la conversación.
Gustavo habla de la Gran Minga que llegó a Bogotá a finales del 2008, como dándome una indicación para cerrar nuestro encuentro y por decisión mía, esto que escribo: “La Minga que ustedes vieron no era simplemente unos indígenas caminando hacía Bogotá, era una propuesta desde lo pueblos indígenas convocando una agenda nacional de unidad. Que nos unamos desde las diferencias, hay que entender eso”.
Soy partidaria de que el punto de partida debe ser la diferencia, la diversidad. No somos iguales y eso debe ser comprendido para emprender el camino hacía el cambio y la lucha por la resistencia por un Plan de Vida para todos, pacíficamente, como lo hacen los indígenas. Pero solos no pueden y solos no podemos, tenemos que unirnos todos, organizarnos desde el corazón y el espíritu, proteger la vida que es nuestra, como dice Gustavo: caminar la palabra y no sólo la palabra, sino también la acción.
Gustavo hace una última invitación en este texto, mientras se consume nuestros dos últimos minutos juntos, invitación que es la voz de todos las comunidades indígenas que se movilizan con la esperanza de sobrevivir como pueblos ancestrales y originarios: “en la medida de que hayan persona más consientes, se pueden generar más cambios”.
lunes, 5 de octubre de 2009
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