miércoles, 7 de octubre de 2009
Arqueologias Urbanas de Ladrillo






El espacio urbano se abre ante todo aquel que quiera leer este libro de piedra, armado de imaginación; para así dejar a un lado la aburrida y cruel realidad. La ciudad se vive, pero debe tenerse cuidado, porque la calle come gente.
Ahora nos concentramos en incluir la categoría Arqueología, como guía del recorrido urbano, y los sentidos como herramienta de excavación, para ver la piel de la urbs.
A continuación presentamos un estilo de recorrido por la piel de ladrillo. Vieja moda de la construcción con material de la Ladrillera Moore de Bogotá, hubicada en el 20 de julio, donde hoy se construye el más grande terminal y taller de Transmilenio, ocultando la chimenea donde se cocia el ladrillo hacia la primera mitad de del siglo XX. Bienvenidos a este paseo, donde a través de los sentido entablaremos un dialogo con el suburbio y sus calles.
lunes, 5 de octubre de 2009
En Colombia, comunidades indígenas, buscan nuevas formas de resistencia
Íngrid Carolina Serrate Caldera
Las comunidades indígenas originarias de Colombia han sabido resistir hasta nuestros días, como un acto de creación y vida. La resistencia indígena está construida sobre la base de unidad, cultura, territorio, autonomía y tierra. Por tales motivos, la negación al exterminio y la resistencia a la violación de sus derechos, es una práctica de libertad, para seguir siendo cosmogónica y culturalmente quienes son.
Las históricas y actuales agresiones de que han sido víctimas los indígenas, a lo largo y ancho del territorio Colombiano, agudizadas y visibilizadas a partir de la Minga Mayor que llegó a Bogotá, finalizando el 2008, hacen parte de un panorama agresivo, contra los comunicados de las organizaciones indígenas y Consejeros Mayores, que denuncian el desarraigo forzado de comunidades originarias de sus territorios, como lo sucedido con los indígenas Emberá, para construir las represas del Urrá I y II; los miles de indígenas desplazados, por el conflicto político y económico, del gobierno con los grupos al margen de la ley.
El territorio y la tierra, dos de los principios de vida que las comunidades originarias sostienen, son base de la lucha por la resistencia indígena. Para Isaí Arias Kankui, indígena de la comunidad de los Kankuamos, del Valle de Upar, el territorio y la tierra son: “los indígenas, en nuestros territorios, conservamos la fauna, la flora y desde allí nuestro aspecto cultural, espiritual, el conocimiento tradicional y más aún, la riqueza natural, es decir, la madre tierra. La tierra para nosotros es madre, porque por ella vivimos. La tierra da vida, el agua da vida, el bosque da vida. La tierra no es negociable, porque la vida no se negocia, porque la vida está en la tierra”.
Al respecto, los indígenas han buscado denunciar los casos de violación a la autonomía de los resguardos indígenas y la integridad cultural. Denuncias que enmarcan la violación a los Derechos Humanos, con casos como el del atentado contra Gustavo Ulcué, integrante del Tejido de Comunicaciones de la Asociación de Cabildos Indígenas del Norte del Cauca – ACIN, el pasado 7 de febrero, demuestran la gravedad de los hechos, a la vez que atenta contra los derechos de libertad de prensa y libre expresión de la opinión, contemplados en el artículo 20, de la Constitución Política de Colombia.
Al igual, cientos de indígenas han sido desplazados por conflicto interno. Lo que dicen los indígenas ante esta situación de zozobra: “Frente a estos hechos de violencia rechazamos la política de seguridad democrática y el desarrollo del Plan Colombia fase II, que convierte a los territorios indígenas en teatro de operaciones, donde la Fuerza Pública, ejecutando órdenes de los mandos superiores, atacan a la población civil indefensa, violando los derechos humanos y el Derecho Internacional Humanitario”.
El Asesinato de Edgar Arcacio Ocoró, ex gobernador del Cabildo Indígena de Corinto López Adentro, el pasado 6 de marzo, y el asesinato de Edwin Legarda, esposo de la Consejera Mayor Aida Quilcué, el 16 de diciembre de 2008, son también muestra de atentados contra la vida y las justas denuncias, de los pueblos indígenas y la resistencia organizada de instituciones como la CRIC, ONIC, ACIN, entre otras.
Las formas de resistencia surgen, como una fuerza que no es anterior al poder que se opone y tampoco se debe ver sólo como una negación al mismo; formas de resistencia para preservar la vida como un proceso de creación y de trasformación. La agresión del poder que se impone ha llevado a las comunidades indígenas a organizarse, actualmente, de diversas maneras, tal como las movilizaciones: La Minga Mayor de Resistencia Indígenas, Minga de Emergencia Territorial y Humanitaria, Gran Minga Humanitaria de Solidaridad con el Pueblo Awa y Mesa Nacional de Mujeres Indígenas y en instituciones como: ACIN, CRIC, ONIC, Red Indígenas, entre otras.
A estos actos de resistir y persistir en la vida, se han unido medios de comunicación alternativos, como Prensa Rural, periódico y El Turbión, Antena Mutante. Así mismo, las comunidades indígenas se han capacitado y diseñado toda la infraestructura necesaria, para manejar ellos mismos los hechos de los cuales son víctimas, a la vez que consolidan las relaciones de comunicación con los indígenas de todo el país, fortaleciendo la unidad, contando ya, en casi todas las regiones, de mayor concentración originaria, con medios de comunicación, como Radio Payuma, Radio Nasa, Voces de Nuestra Tierra y La Voz del Cabildo, emisoras locales y regionales en el Norte del Cauca.
Los indígenas aseguran, que tras el uso de la fuerza del poder y la violencia, ejercida por el Gobierno, la Fuerza Pública y los grupos al margen de la ley y emergentes, sólo lograran que ellos creen nuevas formas para persistir y luchar con el desplieguen de la fuerza de tierra, unidad, territorio, cultura y autonomía, convirtiendo la resistencia en vida como lo asegura un guardia indígena del Cauca: “guardar, cuidar, defender, preservar, vivir, soñar los propios sueños, oír las propias voces, reír las propias risa, cantar los propios cantos, llorar las propias lágrimas es la razón de la existencia”.
Las comunidades indígenas originarias de Colombia han sabido resistir hasta nuestros días, como un acto de creación y vida. La resistencia indígena está construida sobre la base de unidad, cultura, territorio, autonomía y tierra. Por tales motivos, la negación al exterminio y la resistencia a la violación de sus derechos, es una práctica de libertad, para seguir siendo cosmogónica y culturalmente quienes son.
Las históricas y actuales agresiones de que han sido víctimas los indígenas, a lo largo y ancho del territorio Colombiano, agudizadas y visibilizadas a partir de la Minga Mayor que llegó a Bogotá, finalizando el 2008, hacen parte de un panorama agresivo, contra los comunicados de las organizaciones indígenas y Consejeros Mayores, que denuncian el desarraigo forzado de comunidades originarias de sus territorios, como lo sucedido con los indígenas Emberá, para construir las represas del Urrá I y II; los miles de indígenas desplazados, por el conflicto político y económico, del gobierno con los grupos al margen de la ley.
El territorio y la tierra, dos de los principios de vida que las comunidades originarias sostienen, son base de la lucha por la resistencia indígena. Para Isaí Arias Kankui, indígena de la comunidad de los Kankuamos, del Valle de Upar, el territorio y la tierra son: “los indígenas, en nuestros territorios, conservamos la fauna, la flora y desde allí nuestro aspecto cultural, espiritual, el conocimiento tradicional y más aún, la riqueza natural, es decir, la madre tierra. La tierra para nosotros es madre, porque por ella vivimos. La tierra da vida, el agua da vida, el bosque da vida. La tierra no es negociable, porque la vida no se negocia, porque la vida está en la tierra”.
Al respecto, los indígenas han buscado denunciar los casos de violación a la autonomía de los resguardos indígenas y la integridad cultural. Denuncias que enmarcan la violación a los Derechos Humanos, con casos como el del atentado contra Gustavo Ulcué, integrante del Tejido de Comunicaciones de la Asociación de Cabildos Indígenas del Norte del Cauca – ACIN, el pasado 7 de febrero, demuestran la gravedad de los hechos, a la vez que atenta contra los derechos de libertad de prensa y libre expresión de la opinión, contemplados en el artículo 20, de la Constitución Política de Colombia.
Al igual, cientos de indígenas han sido desplazados por conflicto interno. Lo que dicen los indígenas ante esta situación de zozobra: “Frente a estos hechos de violencia rechazamos la política de seguridad democrática y el desarrollo del Plan Colombia fase II, que convierte a los territorios indígenas en teatro de operaciones, donde la Fuerza Pública, ejecutando órdenes de los mandos superiores, atacan a la población civil indefensa, violando los derechos humanos y el Derecho Internacional Humanitario”.
El Asesinato de Edgar Arcacio Ocoró, ex gobernador del Cabildo Indígena de Corinto López Adentro, el pasado 6 de marzo, y el asesinato de Edwin Legarda, esposo de la Consejera Mayor Aida Quilcué, el 16 de diciembre de 2008, son también muestra de atentados contra la vida y las justas denuncias, de los pueblos indígenas y la resistencia organizada de instituciones como la CRIC, ONIC, ACIN, entre otras.
Las formas de resistencia surgen, como una fuerza que no es anterior al poder que se opone y tampoco se debe ver sólo como una negación al mismo; formas de resistencia para preservar la vida como un proceso de creación y de trasformación. La agresión del poder que se impone ha llevado a las comunidades indígenas a organizarse, actualmente, de diversas maneras, tal como las movilizaciones: La Minga Mayor de Resistencia Indígenas, Minga de Emergencia Territorial y Humanitaria, Gran Minga Humanitaria de Solidaridad con el Pueblo Awa y Mesa Nacional de Mujeres Indígenas y en instituciones como: ACIN, CRIC, ONIC, Red Indígenas, entre otras.
A estos actos de resistir y persistir en la vida, se han unido medios de comunicación alternativos, como Prensa Rural, periódico y El Turbión, Antena Mutante. Así mismo, las comunidades indígenas se han capacitado y diseñado toda la infraestructura necesaria, para manejar ellos mismos los hechos de los cuales son víctimas, a la vez que consolidan las relaciones de comunicación con los indígenas de todo el país, fortaleciendo la unidad, contando ya, en casi todas las regiones, de mayor concentración originaria, con medios de comunicación, como Radio Payuma, Radio Nasa, Voces de Nuestra Tierra y La Voz del Cabildo, emisoras locales y regionales en el Norte del Cauca.
Los indígenas aseguran, que tras el uso de la fuerza del poder y la violencia, ejercida por el Gobierno, la Fuerza Pública y los grupos al margen de la ley y emergentes, sólo lograran que ellos creen nuevas formas para persistir y luchar con el desplieguen de la fuerza de tierra, unidad, territorio, cultura y autonomía, convirtiendo la resistencia en vida como lo asegura un guardia indígena del Cauca: “guardar, cuidar, defender, preservar, vivir, soñar los propios sueños, oír las propias voces, reír las propias risa, cantar los propios cantos, llorar las propias lágrimas es la razón de la existencia”.
La esperanza son los indígenas
La esperanza son los indígenas
Ingrid Carolina Serrate Caldera
En alguna oportunidad para una izada de bandera en mi colegio, escribí que si había esperanza de paz para el país, esa esperanza estaba, en gran parte, en los pueblos indígenas. Ya transcurridos unos años, no pienso diferente.
Existen muchas realidades que dependiendo del clima se alejan, se acercan, se esconden, nos pasan por el lado derecho y a veces, por el izquierdo y que, si uno es afortunado o desafortunado, según cómo piense la persona, se nos puede aparecer de frente, cara a cara, en carne y hueso y hasta con cédula de ciudadanía: República de Colombia.
No será suficiente caminar por la calle 10ª en pleno centro de Bogotá, un día cualquiera, y ver la condición a la que están reducidas las familias indígenas Emberá Katio y Chamí en los andenes, pidiendo monedas y comida, o en una casa, en condiciones de hacinamiento en el barrio San Bernardo, para imaginar esa otra realidad, como cuando leemos un hermoso cuento de hadas y duendes.
Gustavo Ulcué es esa realidad de rostro y carácter apacible, de compromiso y resistencia con la vida y la unidad de su pueblo, el pueblo Nasa del Norte del Cauca, en Colombia. Gustavo habla con un sentido común tan natural, que en estos tiempos y en estos lugares no es tan común: “la resistencia indígena es defender lo nuestro, es proteger la vida”.
Mientras las tasas de café que están frente a nosotros se van enfriando, en esa resignación de no ser consumidas como es debido: calientes, de la vida de Gustavo va saliendo, en una procesión de palabra tras palabra, la realidad de las comunidades indígenas del país y de su lucha por la unidad y el respeto a la Madre Tierra y a la Vida.
“Queremos una educación acorde a la nuestra, una salud acorde a la nuestra, una economía donde podemos convivir con la Madre Tierra sin explotarla, porque somos seres que vivimos de la Madre Tierra. Tenemos que aprender que la tierra no es una mercancía, que no es una materia prima que podemos convertir en acumulación. La madre tierra es vida.
Queremos que muchas más generaciones puedan gozar de lo que gozamos actualmente, es nuestro compromiso, no sólo de los indígenas sino de todos. A todo esto nosotros le llamamos Plan de Vida. Es un plan para vivir dignamente, esto nos motiva a todos los indígenas a resistir, como lo hacemos desde la organización y la comunicación. Una comunidad informada logra que el pueblo del Cauca se movilice contra ese Plan de Muerte.
Los indígenas no tenemos una receta de cómo se arma una organización, es algo que se a hecho desde nuestros abuelos, nuestros padres y ahora nosotros; es algo que hemos hecho siempre por generaciones. Es algo que no se necesita aprenderse en la academia, se da desde el corazón y el espíritu y así podemos tomar mejores decisiones para nuestra vida”.
Gustavo evoca dos hechos que marcaron su vida: “la Masacre en la Hacienda del Nilo en el Municipio de Caloto Cauca, el 16 de diciembre de 1991, donde comunidades indígenas Nasa estaban recuperando territorios y la Fuerza Pública en alianza con grupos paramilitares asesinaron a veinte compañeros nuestros. Con base a esa masacre hay muchos policías y militares condenados, pero los procesos de reparación hasta hoy no se han cumplido. En el 2001 ocurre la masacre del Naya, en el Norte del Cauca, donde los paramilitares asesinan, por lo menos, a más de 100 personas. Hasta el sol de hoy sólo se han podido encontrar algunos cuerpos, el reto siguen desaparecidos y muchos de los familiares tuvieron que desplazase”.
Todas las comunidades indígenas del país han sufrido algún tipo de agresión, ya sea armada, ideológica, económica y/o política. El pueblo del Cauca junto a otros indígenas de Colombia se ha organizado para resistir a los continuos ataques e intimidaciones, de los cuales son blancos por adoptar una posición propia.
Mientras logramos sobrevivir a la caótica reunión de los pitos de buses y carros del trancón que se ha formado en la calle 19 con carrera 5ª, que no deja oírnos los unos con los otros sin tener que alzar la voz, decido apagar mi grabadora y mientras Gustavo, un poco menos tensionado y más fraterno, me cuenta su nostalgia por el reguardo y su familia y de su compromiso con la resistencia indígena: “mi compromiso con la resistencia, primero, porque soy Nasa y he vivido mi territorio, junto al contexto de agresión, pero también de vivencias en mi comunidad y de aprendizaje. La vida en nuestras comunidades es muy diferente a la vida aquí afuera. Yo tengo un compromiso, por mí mismo proceso de formación. Por eso juntos respondemos y construíamos propuestas independientes de todo esto.
Por eso nos fortalecemos y nos protegemos con la comunicación, como lo demuestra el Tejido de Comunicaciones que es el intercambio de saberes, conocimientos, palabras. Nosotros tenemos un dicho muy fuerte que dice: caminar la palabra. El Caminar la palabra es expresarnos desde el corazón, de denunciar y acompañar, de criticar y proponer, de hablar de lo malo, pero también de lo bueno; hablar de lo que nos duele pero también de lo que nos gusta. La palabra que se vuelve acción. Pues la palabra sin acción es vacía. La comunicación se encamina en la búsqueda de una unión y unificación de las comunidades, en la medida que nos comunicamos desde las diferencias, dolor, dificultades y proponemos, estamos generando un proceso de comunicación dinámico y popular.
El Tejido de Comunicación es como cuando una madre está tejiendo una mochila, eso es el tejido de comunicaciones: tejer saberes y conocimientos, con medios propios”.
El ruido externo no cesa y se convierte finalmente en una mole molesta, pero fácilmente asimilable para los que están en este café, con las excepción de Gustavo y yo, que decidimos salir porque la molestias es insoportable, caminamos por la carrera 5ª hacía el sur mientras retomamos el rumbo de la conversación.
Gustavo habla de la Gran Minga que llegó a Bogotá a finales del 2008, como dándome una indicación para cerrar nuestro encuentro y por decisión mía, esto que escribo: “La Minga que ustedes vieron no era simplemente unos indígenas caminando hacía Bogotá, era una propuesta desde lo pueblos indígenas convocando una agenda nacional de unidad. Que nos unamos desde las diferencias, hay que entender eso”.
Soy partidaria de que el punto de partida debe ser la diferencia, la diversidad. No somos iguales y eso debe ser comprendido para emprender el camino hacía el cambio y la lucha por la resistencia por un Plan de Vida para todos, pacíficamente, como lo hacen los indígenas. Pero solos no pueden y solos no podemos, tenemos que unirnos todos, organizarnos desde el corazón y el espíritu, proteger la vida que es nuestra, como dice Gustavo: caminar la palabra y no sólo la palabra, sino también la acción.
Gustavo hace una última invitación en este texto, mientras se consume nuestros dos últimos minutos juntos, invitación que es la voz de todos las comunidades indígenas que se movilizan con la esperanza de sobrevivir como pueblos ancestrales y originarios: “en la medida de que hayan persona más consientes, se pueden generar más cambios”.
Ingrid Carolina Serrate Caldera
En alguna oportunidad para una izada de bandera en mi colegio, escribí que si había esperanza de paz para el país, esa esperanza estaba, en gran parte, en los pueblos indígenas. Ya transcurridos unos años, no pienso diferente.
Existen muchas realidades que dependiendo del clima se alejan, se acercan, se esconden, nos pasan por el lado derecho y a veces, por el izquierdo y que, si uno es afortunado o desafortunado, según cómo piense la persona, se nos puede aparecer de frente, cara a cara, en carne y hueso y hasta con cédula de ciudadanía: República de Colombia.
No será suficiente caminar por la calle 10ª en pleno centro de Bogotá, un día cualquiera, y ver la condición a la que están reducidas las familias indígenas Emberá Katio y Chamí en los andenes, pidiendo monedas y comida, o en una casa, en condiciones de hacinamiento en el barrio San Bernardo, para imaginar esa otra realidad, como cuando leemos un hermoso cuento de hadas y duendes.
Gustavo Ulcué es esa realidad de rostro y carácter apacible, de compromiso y resistencia con la vida y la unidad de su pueblo, el pueblo Nasa del Norte del Cauca, en Colombia. Gustavo habla con un sentido común tan natural, que en estos tiempos y en estos lugares no es tan común: “la resistencia indígena es defender lo nuestro, es proteger la vida”.
Mientras las tasas de café que están frente a nosotros se van enfriando, en esa resignación de no ser consumidas como es debido: calientes, de la vida de Gustavo va saliendo, en una procesión de palabra tras palabra, la realidad de las comunidades indígenas del país y de su lucha por la unidad y el respeto a la Madre Tierra y a la Vida.
“Queremos una educación acorde a la nuestra, una salud acorde a la nuestra, una economía donde podemos convivir con la Madre Tierra sin explotarla, porque somos seres que vivimos de la Madre Tierra. Tenemos que aprender que la tierra no es una mercancía, que no es una materia prima que podemos convertir en acumulación. La madre tierra es vida.
Queremos que muchas más generaciones puedan gozar de lo que gozamos actualmente, es nuestro compromiso, no sólo de los indígenas sino de todos. A todo esto nosotros le llamamos Plan de Vida. Es un plan para vivir dignamente, esto nos motiva a todos los indígenas a resistir, como lo hacemos desde la organización y la comunicación. Una comunidad informada logra que el pueblo del Cauca se movilice contra ese Plan de Muerte.
Los indígenas no tenemos una receta de cómo se arma una organización, es algo que se a hecho desde nuestros abuelos, nuestros padres y ahora nosotros; es algo que hemos hecho siempre por generaciones. Es algo que no se necesita aprenderse en la academia, se da desde el corazón y el espíritu y así podemos tomar mejores decisiones para nuestra vida”.
Gustavo evoca dos hechos que marcaron su vida: “la Masacre en la Hacienda del Nilo en el Municipio de Caloto Cauca, el 16 de diciembre de 1991, donde comunidades indígenas Nasa estaban recuperando territorios y la Fuerza Pública en alianza con grupos paramilitares asesinaron a veinte compañeros nuestros. Con base a esa masacre hay muchos policías y militares condenados, pero los procesos de reparación hasta hoy no se han cumplido. En el 2001 ocurre la masacre del Naya, en el Norte del Cauca, donde los paramilitares asesinan, por lo menos, a más de 100 personas. Hasta el sol de hoy sólo se han podido encontrar algunos cuerpos, el reto siguen desaparecidos y muchos de los familiares tuvieron que desplazase”.
Todas las comunidades indígenas del país han sufrido algún tipo de agresión, ya sea armada, ideológica, económica y/o política. El pueblo del Cauca junto a otros indígenas de Colombia se ha organizado para resistir a los continuos ataques e intimidaciones, de los cuales son blancos por adoptar una posición propia.
Mientras logramos sobrevivir a la caótica reunión de los pitos de buses y carros del trancón que se ha formado en la calle 19 con carrera 5ª, que no deja oírnos los unos con los otros sin tener que alzar la voz, decido apagar mi grabadora y mientras Gustavo, un poco menos tensionado y más fraterno, me cuenta su nostalgia por el reguardo y su familia y de su compromiso con la resistencia indígena: “mi compromiso con la resistencia, primero, porque soy Nasa y he vivido mi territorio, junto al contexto de agresión, pero también de vivencias en mi comunidad y de aprendizaje. La vida en nuestras comunidades es muy diferente a la vida aquí afuera. Yo tengo un compromiso, por mí mismo proceso de formación. Por eso juntos respondemos y construíamos propuestas independientes de todo esto.
Por eso nos fortalecemos y nos protegemos con la comunicación, como lo demuestra el Tejido de Comunicaciones que es el intercambio de saberes, conocimientos, palabras. Nosotros tenemos un dicho muy fuerte que dice: caminar la palabra. El Caminar la palabra es expresarnos desde el corazón, de denunciar y acompañar, de criticar y proponer, de hablar de lo malo, pero también de lo bueno; hablar de lo que nos duele pero también de lo que nos gusta. La palabra que se vuelve acción. Pues la palabra sin acción es vacía. La comunicación se encamina en la búsqueda de una unión y unificación de las comunidades, en la medida que nos comunicamos desde las diferencias, dolor, dificultades y proponemos, estamos generando un proceso de comunicación dinámico y popular.
El Tejido de Comunicación es como cuando una madre está tejiendo una mochila, eso es el tejido de comunicaciones: tejer saberes y conocimientos, con medios propios”.
El ruido externo no cesa y se convierte finalmente en una mole molesta, pero fácilmente asimilable para los que están en este café, con las excepción de Gustavo y yo, que decidimos salir porque la molestias es insoportable, caminamos por la carrera 5ª hacía el sur mientras retomamos el rumbo de la conversación.
Gustavo habla de la Gran Minga que llegó a Bogotá a finales del 2008, como dándome una indicación para cerrar nuestro encuentro y por decisión mía, esto que escribo: “La Minga que ustedes vieron no era simplemente unos indígenas caminando hacía Bogotá, era una propuesta desde lo pueblos indígenas convocando una agenda nacional de unidad. Que nos unamos desde las diferencias, hay que entender eso”.
Soy partidaria de que el punto de partida debe ser la diferencia, la diversidad. No somos iguales y eso debe ser comprendido para emprender el camino hacía el cambio y la lucha por la resistencia por un Plan de Vida para todos, pacíficamente, como lo hacen los indígenas. Pero solos no pueden y solos no podemos, tenemos que unirnos todos, organizarnos desde el corazón y el espíritu, proteger la vida que es nuestra, como dice Gustavo: caminar la palabra y no sólo la palabra, sino también la acción.
Gustavo hace una última invitación en este texto, mientras se consume nuestros dos últimos minutos juntos, invitación que es la voz de todos las comunidades indígenas que se movilizan con la esperanza de sobrevivir como pueblos ancestrales y originarios: “en la medida de que hayan persona más consientes, se pueden generar más cambios”.
lunes, 31 de agosto de 2009
El Río Fucha

El día que se tomaron estas fotos, abril siete de dos mil nueve, acababa de pasar un episodio fuerte de inundación en el occidente de la ciudad, por las aguas de este inofensivo río, que en sus orígenes orientales parece fuerte, pero apacible.
Por estos paisajes discurrió el agua y las historias de una Bogotá de origen humilde. Presta a hornear ladrillo tanto, como a precaver la suerte de sus ciegos. Las fotos recorren las torres de horneado y las casas modestas, hechas con los ladrillos de esas arcillas que fabricaba una familia inglesa, que fue emblemática en el negocio: los Moore.
En la Fundación Mítica de Buenos Aires, Borges hablara de una sueñera y de barro; queriendo significar que todo lo relacionado con los orígenes de lo urbano, está empapado de esa atmosfera de sueño y de barro elemental. Es un mito, una palabra concluyente, final.
Dice la leyenda que los ciegos son buenos vendedores de lotería, pues están más cerca del azar que aquel que tiene los ojos para ver y prever. Ernesto Sábato elabora un largo Informe sobre Ciegos que es recordado como un texto también emblemático de Buenos Aires. Compuesta por ese ambiente de sueño, la ciudad es de los ciegos, de los ríos y de los primeros ladrillos.
¿Cómo crece y se expande una ciudad? Esa pregunta que no tiene respuesta segura o univoca, está abierta a múltiples posibilidades de conclusión. El desarrollo capitalista, las manos de los albañiles venidos de Boyacá, la paciencia de los Muiscas, la audacia de los conquistadores, el papel del ladrillo, el homenaje que a este pan de arcilla hizo el maestro Salmona, entre otros,.
Pero lo cierto es que caminando por San Cristóbal Sur, el barrio cuyo nombre es el del portador de Cristo, Cristo foros, y el de Colón y en general, del que atraviesa los ríos con un niño en los hombros; recorriendo pues, ese barrio a pie, se fueron encontrando estas imágenes.
Ante el panorama de las fotos embellecidas por un relato compartido de ciudad turística o neoliberal globalizada, el factor esencialmente humano de los habitantes, los soñadores, se trasforma en la de los ciegos que sin querer somos y continuamos siendo.
Antes y después de la ceguera colectiva estuvieron las riberas del Fucha. Las entrañas amenazantes de un río que puede todavía, intimidar la ciudad con sus torrentes impetuosos y su capacidad de no pedirle permiso a nadie.
Rodeado por las casamatas del Ejército y por múltiples barrios de la pobrería, el Fucha baja y se mueve atravesando toda la ciudad. Todo el sistema hídrico de la ciudad tiene un primer rector en el Fucha. Se enreda con otros afluentes y marca bien claro el mundo del oriente original y del occidente construido. Por ese mismo recorrido, habría que intentar un desciframiento urbano.
Laches, Teguas, palabras de pueblos aborígenes que le dan nombre a barrios y actividades de una Bogotá, que ya no cabe en sí misma. Hubo baños públicos, lavaderos colectivos, aguas lustrales donde se bañaban las ropas y las personas.
Estas son unas palabras sobre la importancia del río Fucha.
Donde Chapinero se vuelve Rosales
¿Qué nos cuenta una calle? Una calle es para la etnografía urbana, para el Viaje a pie de Fernando Gonzales o los Pasos siempre últimos de la novela de Manuel Hernández. Nacidos entre sus muros sin habérselo preguntado, los muchachos ensayan sus grafittis, a la manera de unos flanêurs parisinos.
Una calle es un cosmos. Una calle quiere ser leída, quiere compartir sus secretos. Pero, ¿de qué secretos nos puede hablar una calle tan modesta y desapercibida como la calle 66 con carrera 5ª? Esa es la cuestión. Tras los pasos sugeridos por un amigo, encontré el dibujo de un burro, una ametralladora y un niño palestino. ¿Qué quién me dijo que el niño era palestino? Pues el burro. ¿Quién firma ese extraño grafitti? ¿Qué quiere decir esa firma? ¿Y las otras? ¿Qué nos comunican?
Las dos respetables casas inglesas, cada una con su solución habitacional. La una más acicalada con apartamentos sacados de los segundos niveles, prestos para garantizar unos ingresos extra. La otra, más descuidada, seguramente unifamiliar, con sus marcos de puertas y ventanas en madera.
Después, caer en cuenta de la expansión de la ciudad. Darse cuenta de las enormes instalaciones del Colegio de las Betlemitas. Su Auditorio en ladrillo cocido. Los edificios vecinos de cinco o seis pisos para vivir en condiciones competentes. Las otras casas. Las puertas de los dos garajes, que no se usan hace años. Y los jóvenes ni tan adaptados ni tan delincuentes, protestando, contándonos sus cuidados, las palabras en ingles para advertir Dont kill the beat.
Pero no puede faltar el vivero y la casa para las soluciones finas, y la tienda que provee a unos obreros a la hora del almuerzo. ¿Qué cantidad de signos se ven en un pequeño cosmos? Un tratado verdadero de semiótica urbana.
No ha llegado el ímpetu urbanizador de meterse a los cerros para crear el barrio de la élite, Rosales verdaderamente. No es Chapinero, con sus comercios de cualquier cosa y sus fragmentos de un pequeño esplendor de los años veinte.
En la mitad de todo y de nada está la calle 66 con carrera 5ª. Condensación de grafittis irrepetibles y de muestra de diversas arquitecturas. Como un libro lleno de escritura propia, está sola y se abre a quien quiera leerla.
Pronto, ante el arrogante turismo de lo monumental, vendrá el turismo de lo humilde, de lo casi olvidado, de lo casi. Allí estará esperándonos esa calle.
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